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martes, 24 de marzo de 2015

La síntesis entre tradición y progreso: Jaime Balmes, Donoso Cortés y Menéndez Pelayo

No puede reducirse el pensamiento del siglo XIX en España al espíritu progresista e innovador de los krausistas. Vamos a ver en esta ocasión las figuras de Jaime Balmes, Juan Donoso Cortés y Marcelino Menéndez Pelayo.

Marcelino Menendez Pelayo y la filosofia española

- Jaime Balmes (1810 - 1848)


Jaime Balmes (1810 - 1848), sacerdote y profesor de matemáticas, intervino de forma muy destacada en las luchas político-religiosas de la España de su época. Balmes trató en todo momento de introducir una renovación en las doctrinas escolásticas, algo que siempre propugnó sin abandonar su espíritu conciliador.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El krausismo y la Institución Libre de Enseñanza

A mediados del siglo XIX la sociedad española necesitaba una renovación tanto filosófica como espiritual que vino de la mano de la filosofía krausista, movimiento de estudio y difusión de las ideas del idealista alemán Karl Krause (1781-1832).

Fachada de la Institucion Libre de Enseñanza

- Los krausistas españoles, también conocidos por "institucionalistas"


La mayor aportación de los krausistas españoles se llevó a cabo en el ámbito institucional, de donde proviene el nombre de "institucionalistas" por el que también se les conoce. Contrarios a la monarquía y a todo sistema tradicional, dirigen su mirada a Europa y defienden una reforma universitaria regida por el principio de autonomía de la enseñanza, lo que les lleva a reclamar la libertad de cátedra y la descentralización administrativa.

miércoles, 9 de julio de 2014

El psicoanálisis freudiano

Una de las convicciones más seguras del hombre es que es él mismo, que conoce su propia historia; en definitiva, está convencido de ser el señor de su casa. Las últimas décadas del siglo XIX serán testigos del declive y de la quiebra de esta ilusión.

Freud y el psicoanalisis
Sigmund Freud (1856-1939), el médico austríaco fundador del psicoanálisis. El sentido innovador de la revolución psicoanalítica respecto a la cultura tradicional reside en la recuperación de lo irracional para el ámbito de lo racional, al mismo tiempo que se amplia el alcance del concepto mismo de racionalidad.

- Dudas y descubrimientos por parte de Nietzsche, Marx, científicos y biólogos


Nietzsche y Marx ponen en duda de un modo radical el valor absoluto de las más altas actividades humanas: el conocimiento y la vida social; los científicos destruyen la idea de que el mundo natural sea como un gran libro en el que se puedan reconocer orden y leyes eternas; los biólogos descubren que la vida sobre la Tierra no es obra de Dios o, por lo menos, no directamente, sino que sigue criterios accidentales para seleccionar las mejores especies, y que el hombre mismo no es más que el resultado -en cierto modo afortunado- de la evolución de algunos simios africanos.

martes, 4 de febrero de 2014

El irracionalismo: Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche

El poderoso sistema filosófico hegeliano no fue la única forma con que la humanidad se midió con las luces y las sombras de la herencia ilustrada, entre las voces que se le opusieron ocupa un lugar particular el "irracionalismo" de mediados del siglo XIX.

Schopenhauer y el irracionalismo
Arthur Schopenhauer (1788-1860), filósofo alemán. Su disertación para el doctorado, obtenido en Jena en 1813, fue el núcleo de El mundo como voluntad y como representación, 1818.

- Hegelianos e irracionalistas


El adjetivo "irracional" no debe entenderse aquí en sentido peyorativo, sino como índice de la contraposición a la racionalidad histórica, hecha de contradicciones y de superación de estas contradicciones y de superación de estas contradicciones, expresada en la filosofía dialéctica de Hegel y de Marx. Hegelianos e irracionalistas comparten a menudo la idea de que el curso de la historia se ha perturbado y que el dolor y la injusticia son intolerables para una filosofía digna de este nombre; la diferencia se encuentra en el planteamiento de respuesta a esta amarga constatación. Todo depende de cómo se conciba la relación entre historia y verdad; si imaginamos que no podemos intervenir, como hicieron los filósofos irracionalistas, entonces el mal que reina en el mundo es una verdad inmutable, con la que el hombre tiene que vérselas, aceptar el destino y buscar en alguna forma de rechazo una solución personal al problema. Exactamente lo contrario de la perspectiva hegeliana, donde verdad e historia están estrechamente entrelazadas: la verdad de la injusticia, por ejemplo, no radica sólo en constatar que existe sino también en decir y obrar de modo que deje de existir.

Karl Marx y la filosofia dialectica
Karl Marx (1818-1883).

- Arthur Schopenhauer y la Voluntad


El primer y más célebre adversario de los hegelianos, y de Hegel mismo, fue el gran representante de los pesimistas, el alemán Arthur Shopenhauer (1788-1860). Su principal obra, El mundo como voluntad y como representación (1818), es un intenso himno contra la vida, sin que la contradicción asuste a su autor. La existencia no es, según Schopenhauer, el fruto del Espíritu que plantea la batalla para dominar el curso de los acontecimientos. Esta convicción es sólo una ilusión, una representación engañosa que oculta la verdadera esencia. Es otro el principio del que proceden todos los acontecimientos: la Voluntad. Es la Voluntad la que crea el horror de un mundo en que el odio y el dolor superan ampliamente el escaso bien que se obtiene. ¿Qué es la vida, se pregunta el filósofo, sino un péndulo que oscila continuamente entre el deseo más intenso y, un instante después, el aburrimiento más mortal incluso ante lo que un momento antes nos había seducido?, ¿por qué ese derroche de energías? Porque la Voluntad que reina no es la voluntad de este o aquel hombre; es Voluntad en sí, ciego instinto de vivir, irresistible impulso a querer y querer cada vez más. Ente metafísico, la Voluntad es la única y verdadera cosa en sí, repite Schopenhauer citando a Kant, una fuerza ciega que lleva a los hombres a dañarse recíprocamente por un beneficio que sólo dura un instante. La mayoría se ilusiona creyendo seguir sus propios intereses, cuando en realidad los hombres no son más que marionetas de este único, ciego e irracional querer, que los utiliza para poderse dividir en un sujeto del querer y en un objeto querido; división errada, engaño supremo, velo que cubre la esencia sin piedad del mundo: existir en cuanto querer.

Para los individuos particulares sólo hay una posibilidad: romper la ilusión y dejar de querer, de anhelar cosas y poderes. El primer grado de esta liberación coincide con el arte como expresión de esta verdad: sólo hay alegría cuando por un momento se suspenden las pasiones del alma en la contemplación de la belleza. Siguen el arte, la justicia y la compasión. Ya que ambas consisten en una renuncia a los intereses personales para obedecer la ley, en ellas se expresa el grado principal de separación del instinto ciego del querer al que el hombre puede llegar cuando se percata de que en el mundo no se produce una colisión entre libres voluntades individuales sino sólo el teatro de la única Voluntad que sólo se quiere a sí misma. El último grado de liberación está representado por la renuncia voluntaria a la vida, por el reconocimiento en el principio de determinación (aquello por lo que una cosa es ella misma y no otra) del engaño de la Voluntad, dedicándose a partir de aquí a la negación de este "truco" de la Voluntad, en una palabra: dejando de querer algo.

+ Schopenhauer y el "ascetismo"


Muy influido por las filosofías orientales, Schopenhauer dio el nombre de "ascetismo" a este estadio supremo; pero no es difícil ver que el rechazo de la Voluntad se realiza en un aristocrático distanciamiento de las causas terrenas, muy prácticas y poco metafísicas, de la injusticia del mundo. Si es difícil no participar en la descripción artística que Schopenhauer escenifica de los males del mundo, es fácil, por el contrario, advertir que el análisis y las soluciones propuestas quedan a un nivel más bien insuficiente.

Arthur Schopenhauer y la filosofia
Arthur Schopenhauer (1788 - 1860).

- Sören Kierkegaard: filósofo antihegeliano e individualista


En cierto sentido un discurso parecido puede aplicarse también al otro gran filósofo antihegeliano e individualista del siglo XIX, Sören Kierkegaard (1813-1855). El filósofo danés del cristianismo llega a considerar el universo víctima de una enfermedad incurable: una enfermedad mortal. Todo lo creado vive la tensión entre la intervención absoluta de Dios para su salvación (Cristo en la cruz) y las esperanzas de la razón, simbolizadas por la filosofía. Pero toda cosa vive, y ésta es la base de la tensión, la existencia es el lugar en el cual se decide sobre la vida y la muerte, material y espiritual. Se puede existir según tres modos absolutamente distintos entre sí. Se una existencia estética en la que el hombre, cautivo de las propias sensaciones, vive totalmente preso del instante, sin pensar en la salvación del alma, sin plantearse nada que no esté relacionado con el placer y la distracción. En el estadio siguiente, el estadio ético, la contradicción entre los seres humanos es reconocida y superada en forma de mandamiento moral que prescribe ir más allá de los propios deseos y pasiones inmediatos, para obrar según justicia. Es característico de la religiosidad de Kierkegaard, profundamente marcada por el sentimiento de culpa y pecado, que el estadio ético de la existencia no sea el último, sino que a éste le suceda el estadio religioso, simbolizado por Abraham, que acepta sin explicaciones la orden divina de sacrificar a su hijo. El estadio religioso suspende las normas universales de la moral humana en favor de la fe en la que cada individuo particular se encuentra en relación directa con Dios, y por tanto no puede inclinarse frente a la ley, creación sólo humana. La elección corresponde al individuo, pero no hay explicaciones racionales para decantarse por una u otra. La elección está entre lo Absoluto y la razón, es una elección absoluta (es decir, libre suspensión de todo condicionamiento), absoluta libertad. No por casualidad la obra más famosa de Kierkegaard se titula Enter-Eller, o Aut-Aut (O lo Uno o lo Otro, 1843). La elección queda así bajo la total responsabilidad del hombre que, en ello, experimenta su libertad. Pero ni siquiera la libertad lo deja en paz. La posibilidad de elegir entre la fe en Dios y las armas de la razón constituye la garantía de salvación eterna, pero es también un poder que, de algún modo, puede contraponerse a Dios, siendo fuente de angustia. Sólo cuando el hombre logra eliminar toda esperanza y toda confianza en su propia capacidad de salvarse por sí solo el peligro del pecado de soberbia se disuelve.

Sören Kierkegaard y el irracionalismo
Sören Kierkegaard (1813 - 1855).


- Friedrich Nietzsche


La crítica de Schopenhauer y Kierkegaard muestra, pues, cómo éste es "el peor de los mundos posibles, porque si fuese algo peor ya no podría existir". Su desesperación es sin duda más débil, filosóficamente hablando, que la lucidez del gran crítico de toda certeza, valor y razón: Friedrich Nietzsche (1844-1900).

Perteneciente a una generación posterior, Nietzche fue durante largo tiempo el emblema de la reacción política, a menudo a través de una evidente manipulación de sus obras, como el clamoroso caso de La voluntad de poder, falseada por su hermana que se encargó de su edición póstuma. Si es totalmente forzado reducir el pensamiento nietzscheano a una posición reaccionaria, no deja de ser cierto que hay algo en sus obras que se mueve a menudo en el límite, inestable pero valioso, entre crítica de la falsedad y elogio del puro arbitrio. Además, al ser sus obras estilísticamente muy particulares (muchas compuestas en forma de aforismo como La gaya ciencia, 1882, la mayoría con una acentuado tono "profético", como su obra maestra Así habló Zaratrusta, 1883-1885, y todas con la convicción de que la forma sea una parte del contenido, hasta el punto de poder afirmar que el valor estético de las obras de Nietzsche no es separable de su importancia filosófica), resulta problemático extraer de ellas una teoría clara y unívoca. En un cierto sentido se podría decir que Nietzsche fue un demoledor, el demoledor por excelencia de todas las convenciones morales, civiles y filosóficas, sobre todo cuando éstas, en su opinión, ocultan sus verdaderos motivos e intereses. El conocimiento científico, por ejemplo, es uno de los temas que sufrió el ataque de Nietzche. El filósofo no critica el uso práctico de los distintos descubrimientos; se limita sólo a preguntar: "¿para qué sirve?" Es aquí donde la investigación científica debe interrogarse sobre el sentido de su dominio sobre la naturaleza. Pero dado que estas dudas son de orden moral, la respuesta ya no corresponde a la ciencia, sino a la filosofía. ¿Es acaso la filosofía la que debe dictar leyes? Ni en sueños. La filosofía debe descubrirse a sí misma no menos que la ciencia. Su pretensión de conocer la verdad, la idea misma de que exista una verdad, no encuentra justificación por ninguna parte. Hace falta tener el valor de admitir que no es la verdad, sino la voluntad de vivir la que se encuentra en la base de las especulaciones filosóficas y científicas "Dios -escribe Nietzsche en un célebre aforismo- está muerto y sigue muerte", no pretendiendo con ello discutir sobre la existencia o no del Omnipotente, sino mostrar que el mundo ordenado y estable, donde el bien triunfa y el hombre es dueño de escoger, es una ilusión. En un tiempo una certeza así era garantía de que un Dios hubiese creado el universo, pero ahora ya nadie cree en la creación. El lenguaje nietzscheano es poético y oscuro, en correspondencia con su ideal de una filosofía que más que estudiada fuera vivida. Este sutilísimo filólogo -porque Nietzsche era filólogo- pretende que el hombre mire su propio rostro, sin el temor de ver algo que no le guste. No importa el origen de las cosas; del pero de los materiales puede nacer la mejor de las obras, igual que de un deseo sexual puede brotar la poesía, y viceversa. El juicio de valor, las ideas de bien y de mal son también estados producidos por hombres que los impusieron porque a ellos, desde su perspectiva, esto y aquello les pareció correcto, y esto y eso otro, equivocado. Y correcto o equivocado no se refiere a una ley moral absoluta, no existe nada de este tipo. Fueron individuos particulares quienes inventaron la moral, y crearon las normas que nosotros hoy consideramos eternas; correcto es simplemente lo que ellos juzgaron favorable para su vida, equivocado lo que les dañaba. Los valores son expresión de la voluntad de individuos, nada más. Toas las construcciones religiosas y científicas son para Nietzsche la respuesta que los débiles daban a los fuertes que imponían sus valores. Sin artificios, trucos, para proteger su vida, pero también expresión de un espíritu débil, miedoso, que teme la lucha y la confrontación. Pero la vida es lucha y confrontación, y quien las evita, en cierto modo evita la vida misma. El hombre crea de la nada el bien y el mal, el sentido y el sin sentido, la ciencia, la religión y el arte. Sólo el placer y el dolor son originales. Ellos son la medida absoluta de juicio. Pero Nietzche no es ingenuo; placer y dolor no son sólo físicos, sino también espirituales. Aquel que es lo bastante atrevido como para abandonar las convenciones sociales y obedecer el propio instinto vital, está "más allá del bien y del mal", en el sentido de que ha superado las ilusiones de los débiles inventores de la moral y de la ciencia. Ya no intenta alejar de sí la naturaleza, para dominarla como si sólo fuese un instrumento, sino que la busca dentro de sí y descubre que su impulso para crear y vivir del propio poder espiritual, este valor, es la naturaleza misma.

+ Nietzsche y el superhombre


La humanidad está ahora dividida en hombres del conocimiento, ineptos para la vida verdadera y profunda y dedicados a construir grandes estructuras teóricas para esconder su temor, y hombres de la duda, de la convicción de que nada merece la pena ser buscado, "adoradores de la nada", nihilistas (del latín nihil, "nada"). Por encima de ambos, si la humanidad no quiere precipitarse dentro de sí misma, es necesario crear un nuevo tipo de ser, el superhombre, que diga finalmente que sí a la vida en todas sus formas. Crueldad y alegría, creación y poesía, sensualidad y dolor, nada es extraño al superhombre, porque él mismo decide qué le pertenece y cómo. Éste es el hombre que conoce el vacío eterno retorno de las mismas situaciones, pero en lugar de temer que la existencia no tenga sentido crea su propio destino.

Nietzsche, con apenas cuarenta y cinco años, cayó víctima de una enfermedad incurable que se manifestó en un delirio cada vez más acentuado. Si hubiese estado en condiciones, quizá habría escrito la obra en que trabajaba desde hacía años, y que debería haber desvelado cuál era verdaderamente la fuerza creadora que domina el universo y que el superhombre puede proponer para la superación de todos los valores: la voluntad de poder.

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- El idealismo alemán: artículos en el blog


+ Fenómeno y noúmeno

+ El romanticismo alemán

+ El Yo, el Espíritu y la Naturaleza: Fichte y Schelling

+ Georg Wilhelm Friedrich Hegel

+ Hegel: política y estética

+ Hermenéutica: la ciencia de la interpretación

+ Derecha e izquierda hegeliana

+ La filosofía de Karl Marx frente a Hegel

+ La filosofía de El capital de Marx

+ La filosofía política del liberalismo

viernes, 29 de noviembre de 2013

El Yo, el Espíritu y la Naturaleza: Fichte y Schelling

La palabra idealismo, con la que se designa la filosofía del siglo XIX, remite inmediatamente a la teoría de las "ideas" de Platón. Y la referencia no es incorrecta. El hombre va al encuentro de la naturaleza para conocerla, para que cada experiencia particular pueda traducirse en alguna forma que la custodie y la haga disponible para todos. Esta forma son las palabras y las ideas, que pueden, por lo menos en cierta medida, sustituir la experiencia; no hay ninguna necesidad de repetir actos ya cumplidos, es suficiente saberlos para poder utilizar el conocimiento contenido en ellos. Como mostró Kant, el hombre, el hombre pone orden espontáneamente en la gran masa de sensaciones que recibe, las percibe en el tiempo y el espacio, y las divide según principios: la causa, el número y las relaciones. Si el hombre no experimentara ni pensase, no sólo no existiría el conocimiento -cosa que parece descartada- sino que no habría nada por conocer. El mundo, con sus fenómenos naturales, no es conocimiento, por el contrario es lo que debe ser conocido. ¿En qué sentido decimos que el mundo es "lo que debe ser conocido"? Si se mira desapasionadamente, debemos admitir que el universo no tiene necesidad alguna de ser conocido por nosotros. Somos nosotros, con nuestras necesidades, quienes hacemos del mundo en sí un mundo a conocer. Existe conocimiento porque el hombre conoce -y por consiguiente también un mundo por conocer- y no viceversa. El idealismo se apoya precisamente en esto. Filosóficamente el aspecto que se ataca, en el sistema kantiano, es el de la cosa en sí, y su incognoscibilidad no es difícil de ver cómo el problema fuese el de la transformación de la cosa en si en un mundo cognoscible.

Johann Gottlieb Fichte
Johann Gottlieb Fichte (1762-1814).

- Johann Gottlieb Fichte


Una vez se ha establecido que la actividad del conocer es productiva, en el doble sentido por el que produce un mundo por conocer y produce, obviamente, conocimiento, la pregunta deviene, pues: ¿a partir de qué acontece esta producción? El hombre produce, antes que conocimiento, lo necesario para vivir, los edificios donde habita, las naves para el comercio, pero también las leyes a las que obedece, las nociones matemáticas que utiliza para el cálculo y las obras de arte para su placer. Esta producción práctica está estrechamente vinculada a la producción teorética. Mientras tanto el hombre se sirve de la producción teorética (del conocimiento) para la producción práctica, pero después también los objetos de la producción práctica se convierten en posibles objetos de conocimiento. Se estudian los fenómenos naturales, pero también los edificios, las naves, las leyes, etc. Por consiguiente, puede decirse, con cierto espíritu paradójico, que el hombre se produce a sí mismo en cuanto hombre que conoce, en el sentido de que la producción y el conocimiento son objetos tan misteriosos como los productos y los conocimientos. Pero hay una diferencia fundamental entre las dos actividades: cuando conoce el hombre está pasivo, produce conocimiento pero no produce ni el objeto que conoce ni su misma facultad de conocer. Al contrario, cuando produce está activo, decide libremente qué y cómo hacerlo. El idealismo es la filosofía que busca, de distintos modos, superar esta diversidad demostrando que actividad y pasividad son puntos de vista parciales bajo los cuales se puede reconocer una totalidad en la que conocimiento y producción son idénticos. Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) fue el gran pensador de esa identidad. Sólo indagando el proceso que conduce a la oposición entre cosa en sí y objeto de conocimiento, bajo el punto de vista de la producción de estos tres términos, es posible, según el filósofo alemán, resolver el problema.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Aurelio Agustín: la conciencia del mal

Si Dios ha creado el mundo según su voluntad, ¿cómo es posible que el mal esté en cada esquina? Y si yo mismo he sido creado a imagen y semejanza de Dios, ¿por qué hago el mal con tanta finalidad? Cuando Aurelio Agustín (354-430), futuro obispo de Hipona, se plantea estas preguntas, han cambiado muchas cosas respecto a los primeros y peligrosos años de predicación de la nueva religión.

Aurelio Agustin

El cristianismo ya no es una fe perseguida por la ley, sino al contrario: el emperador Teodosio (h. 347-395), en el año 395, la ha declarado religión oficial del Imperio. Los riesgos para la religión de Cristo ya no proceden del poder religioso sino de la dificultad en conciliar fe y experiencia humana. Debe explicarse cómo Dios, en su obra perfecta, haya podido tolerar tanto dolor y tanta injusticia, para que haya, según escribe Agustín en De civitate Dei (413-426), tanto distancia entre la "ciudad de los hombres", nacida del amor del hombre hacía sí mismo y la "ciudad de Dios", fruto del amor del hombre hacia Dios.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Hermetismo y magia en el ámbito helenístico

Entre los siglos I a.C. y II d.C. surgieron, en el ámbito helenístico, corrientes culturales que se podrían definir como místicas, o por lo menos con fuertes connotaciones no racionales, en las que el componente religioso se entrelaza e intercambia a menudo con la filosofía, apoyando la búsqueda de una vía de comunicación con la divinidad fuera de las condiciones impuestas por el discurso lógico y los procedimientos racionales.

Pitágoras.

En este período se consolidan algunas sectas religiosas, abiertas a muy pocos iniciados, que practican la magia, la astrología y la teúrgia (invocaciones de la divinidad con fórmulas secretas). Entre ellas la tradición mágico-pitagórica y la hermética desarrollarán líneas filosóficas particularmente interesantes. Sabemos muy poco de los pitagóricos del siglo I a.C. Fueron ellos, recuperando alguna oscura tradición, quienes crearon y difundieron el mito de una antiquísima sabiduría oriental, que se había perdido y que sólo se habría conservado, de forma oculta, en Platón y, sobre todo, en Pitágoras. Florecen así leyendas sobre la figura de Pitágoras, maestro de artes maravillosas. Su alma por medio de sucesivas reencarnaciones se revela a los iniciados e interpreta los signos y los ritos mágicos, como atestiguan los fragmentos que poseemos de Publio Nigidio Figulo (h. el siglo I a.C.) y las narraciones que nos han llegado sobre su vida debidos a Apolonio de Tiana (siglo II d.C.). El grupo de discípulos agrupados en torno a Pitágoras era admitido a la revelación del saber del maestro sólo bajo el vínculo del secreto, y obligado a la observancia de reglas de vida que dieron a la escuela la connotación de una secta religiosa. La otra gran tradición filosófico-religiosa -también de difícil ubicación, al ser las influencias de la mística sobre la filosofía, como de ésta sobre aquélla, innumerables y constantes- fue la hermética. Desarrollada, sobre todo, entre los siglos II a.C. y III d.C., deriva su nombre de la identificación del dios griego Hermes con el egipcio Thot, según la tradición inventor del alfabeto.

El universo está concebido como una manifestación de Dios, que es absolutamente incognoscible, a través del verbo, la única fuente de conocimiento para el hombre. Pero se trata de un conocimiento que se actualiza mediante la purificación del alma, a través del estudio y la contemplación, así como de la educación del cuerpo para soportar el grado máximo de renuncia. Para los iniciados, discípulos del gran sacerdote Hermes, el legendario Hermes Trismegisto, la práctica mágica y teúrgica se acompaña de la escucha del maestro hasta alcanzar estadio del conocimiento no racional y no discursivo de la divinidad: la gnosis.

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- Filosofía del Imperio


+ La traducción de la cultura griega tras la conquista romana

+ Monoteísmo y estudios filosóficos

+ Aurelio Agustín: la conciencia del mal

+ Verdad y leyenda en la filosofía medieval

+ La filosofía en la edad media

+ Los comentadores árabes de Aristóteles

+ Nominalismo y realismo: el problema de los "universales"

+ Las Universidades o Universitas studiorum

+ La cábala y la filosofía

+ Tomás de Aquino

+ Filosofía en el siglo XIV

lunes, 26 de agosto de 2013

Aristóteles, el gran maestro

Cuando se piensa en un modelo de filósofo se piensa en Aristóteles (384-322 a.C.). Si Platón fue el poeta del conocimiento, Aristóteles fue la personificación del espíritu científico de una civilización, la griega, que poco a poco se extinguía. Tal vez por haber vivido el ocaso de una época, Aristóteles supo recoger todos los frutos y darles una sistematización que permanecería insuperable durante varios siglos. Ése fue precisamente el intento de Aristóteles: establecer los límites y las posibilidades del conocimiento humano.

Aristoteles

Hijo de un médico de Estagira (Macedonia), Aristóteles fue discípulo de Platón durante unos veinte años, hasta que acaeció la muerte del maestro. Sus primeros pasos fueron una confrontación con la teoría platónica, pero la diferencia de planteamientos, como no podía haber sido de otro modo, pronto fue bastante profunda. Platón es el filósofo que busca la esencia del bien, de la justicia y de la verdad como instrumentos necesarios para crear una sociedad ideal.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Platón y la teoría de las ideas

Un hombre sentado observa el camino que tiene ante sí. Ve a un mendigo que es socorrido, alimentado y vestido, y piensa: "Ésta es una acción justa." Después ve a un anciano que carga sobre sus espaldas con un pesado saco y a un joven desconocido que le sale al encuentro y se ofrece a ayudarlo y llevarle la carga, y también entonces piensa "ésta es una acción justa". Pero, ¿por qué define con el adjetivo "justa" dos acciones que no son iguales? ¿Cómo explicar lo que estas dos acciones diferentes entre sí y realizadas por personas distintas tienen en común? Tal es la pregunta a la que trata de dar respuesta el mayor filósofo de la Antigüedad: Platón (h. 427 - h. 347 a.C.), único filósofo griego del que se conservan de forma íntegra sus obras, unas 36 entre cartas y textos filosóficos. Platón prefirió casi siempre dar a sus textos la forma de diálogos y además casi todos tienen como protagonista a Sócrates acompañado de diversos interlocutores, cuyos nombres a menudo dan título al diálogo.

Partenón de Atenas. En esta ciudad nació Platón y en ella trabajó casi toda su vida, aunque pasó breves períodos en Megara, Tarento y Siracusa.

Nacido en el seno de una aristocrática familia ateniense el joven Aristocles -apodado "Platón", del griego platón, "amplio", tal vez por su corpulencia-, recibió una excelente educación: pudo leer y escuchar a los filósofos, viajar bastante y prepararse también para la vida política, algo natural en un noble. Le impresionó en gran manera ver que en su amada patria, Atenas, los ciudadanos no eran capaces de construir una ciudad justa y estable y, en cambio, parecían moverse de error en error o, en el mejor de los casos, a ciegas. En ver de dar la razón al sabio Sócrates, que predicaba la virtud o defendía el empleo de la razón, lo condenaron a muerte y prefirieron a los sofistas que no querían saber nada de la virtud. A la guerra, que amenazaba con destruir no sólo Atenas, sino el resto de ciudades griegas, no supieron oponer paz y estabilidad, y en vez de confiar en el conocimiento racional, prefirieron repetir viejas fórmulas religiosas o recurrir al mito.

martes, 12 de marzo de 2013

Los principios del universo

Con el nombre de "presocráticos" se conoce a un grupo de filósofos de un período de casi dos siglos, que tienen en común el hecho de haber vivido en las colonias de Grecia entre los siglos VII-V a.C., es decir, antes de que la figura de Sócrates se hiciese conocida gracias a los textos de su discípulo Platón. Ésta no es tan sólo una indicación cronológica, sino que Sócrates representa de una manera simbólica el tránsito de la reflexión filosófica sobre el mundo activo, práctico y comercial de las colonias -repartidas desde Asia Menor hasta la costa de Sicilia- al corazón de la civilización griega que encarna Atenas. A su vez, este cambio no es sólo geográfico, sino que señala una auténtica transformación del modo de pensar y de los problemas a solventar. En las pequeñas colonias, muchas veces separadas de la madre patria por una distancia de semanas o meses de viaje, la posibilidad de sobrevivir dependía de la habilidad práctica de sus ciudadanos; desviar el curso de un río o saber fundir los metales en una aleación de buena calidad eran conocimientos que no se podían menospreciar. Por el contrario, la compleja sociedad ateniense debía enfrentarse con problemas relacionados con la forma de gobierno, la educación de los jóvenes o la relación entre amos y esclavos. Son ambientes distintos que desarrollaron formas de estudio de la naturaleza diversas ya que sus puntos de partida no son los mismos. De los presocráticos no se conserva ningún texto. Todo lo que sabemos proviene de leer las referencias de filósofos posteriores, con frecuencia más interesados en refutar las ideas de sus predecesores que en referirlas de manera fiel. Resulta difícil de reconstruir de forma exacta qué es lo que habían pensado, aunque sí sabemos que los presocráticos fueron más que filósofos propiamente dichos, grandes inventores que quisieron sistematizar sus experiencias de una manera objetiva e inteligible para todos. No es extraño que cada uno de ellos al meditar hiciese abstracción sobre aquello que le parecía la esencia del conocimiento y lo tomara como principio del saber.

Anaximandro (h. 610-h. 547 a.C.) fue un hábil geógrafo dedicado a resolver problemas de cálculos territoriales, anotaciones de distancias, diseño de mapas geográficos, así que extrajo de sus estudios la idea de que el cosmos estuviera ordenado en base al par limitado/ilimitado (en sentido geométrico), en griego péras/ápeiron. Mientras que Tales (h. 625-h. 547 a.C.) dedujo de su experiencia que en la base de todas las cosas vivas se encontraría el agua, la cual mantendría con vida a los organismos, nutriría la tierra y sería el principio divino de todas las cosas. De manera similar, Anaxímenes (585-528 a.C.) prefirió el aire en lugar del agua.

Mención aparte merecen otros dos grandes pensadores: Jenófanes (571-475 a.C.) y Pitágoras (h. 570-h. 480 a.C.). El primero concibe el cosmos como compuesto en esencia de tierra (gáia), elemento a partir del cual se derivan todos los demás. Jenófanes también debe ser recordado por su lucha contra los mitos a los que acusa de antropomorfismo, es decir, del error de imaginar que naturaleza y divinidad sean idénticas. Si los bueyes, los caballos, los leones -razonaba Jenófanes- supiesen inventar, se representarían unos dioses similares a caballos, bueyes o leones, pero con esto no se descubre la verdad del mundo.

Pitágoras (del que se conservan muchas referencias, aunque siempre con la duda de si existió un hombre con este nombre o se trata de una especie de personaje más legendario que real) no se enzarzó en ninguna polémica contra el mundo de los dioses, aunque su proceder fue igualmente crítico. Todo objeto, según él, es lo que es porque posee una determinada forma que lo convierte en apto para realizar su función. Una mesa es una mesa porque es regular, posee una cierta altura, etc. Las proporciones geométricas de las figuras son las que definen la existencia de todo y, puesto que tales proporciones pueden expresarse y sintetizarse como una relación numérica, los números y su relación son el principio que posibilita que el caos devenga cosmos (en griego, "orden"). En este universo armonizado por las proporciones numéricas, cada ser vivo debe concordar tratando de mantener en su interior el equilibrio y la medida, respetando cada vida como parte de todo lo que nunca se destruye, sino que sólo cambia de forma (proporción) y de nuevo se representa. Por todo esto, añade Pitágoras, puede decirse que el alma de los seres vivos no muere, sino que se reencarna transmigrando de un cuerpo a otro (metempsicosis), estableciendo así el principio de la justicia: la armonía del "hálito" del conjunto del universo.

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- Filosofía griega: otros artículos en el blog


+ Orígenes de la filosofía

+ Los fragmentos de los filósofos presocráticos

+ Los filósofos del ser

+ Los átomos y el amor

+ Los sofistas y Sócrates

+ Platón y la teoría de las ideas

+ La república platónica y la condena del arte

+ Aristóteles, el gran maestro

+ Aristóteles y el problema del conocimiento

+ El Helenismo

viernes, 8 de marzo de 2013

Los fragmentos de los filósofos presocráticos

De los filósofos presocráticos no se ha conservado ningún texto, todo lo que poseemos son escasos fragmentos de dudosa lectura y de problemática atribución. Los motivos de esta ausencia son múltiples y sumada a la habitual fatalidad de pérdida de manuscritos, común a todos los textos de la época antigua, se encuentra una consideración de orden filosófico: el período en cuestión, del siglo VII al V a.C., es una época de transición de la transmisión oral del saber a una cultura escrita, por lo que el manuscrito es un fenómeno de excepcional rareza, concebido más como un objeto sagrado que como un efectivo instrumento de difusión y comunicación. Nuestras fuentes para el conocimiento de los presocráticos proceden de filósofos activos en épocas posteriores, como Platón, Aristóteles y, sobre todo, Teofrasto.

Los testimonios de Platón no resultan del todo fiables ya que están muy influidos por las opiniones personales del filósofo, mientras que los de Aristóteles resultan útiles para reconstruir el recorrido general.

El único acceso fiel al pensamiento de Tales, Anaximandro, Heráclito, Parménides, Zenón de Elea y Pitágoras, por citar sólo a los más importantes, es el que ofrecen los 18 libros de las Opiniones de los físicos de Teofrasto (h. 372-287 a.C.), los cuales, aun siguiendo la reconstrucción histórica de Aristóteles, refieren con cierta fidelidad las opiniones de los filósofos precedentes. La obra de Teofrasto no contiene casi ninguna noticia sobre la vida de los filósofos presocráticos, por lo que para tener conocimiento de las mismas se ha de recurrir a una fuente más tardía, la célebre Vidas y opiniones de los filósofos, obra de Diógenes Laercio (siglo III d.C.), una rica fuente de información biográfica, con frecuencia anecdótica, pero de escaso valor desde el punto de vista filológico.

Al historiador griego se le debe reconocer el mérito de haber redactado diez libros en los que se presentan 84 figuras de pensadores desde los siete sabios hasta Epicuro. En la actualidad, los fragmentos de los filósofos presocráticos -cuyo número asciende a un centenar escaso- se leen según la clasificación de Diels, más tarde revisada por Kranz, Die Fragmente der Vorsokratiker (Los fragmentos de los presocráticos) publicada por primera vez en 1903 y actualizada y corregida en varias ocasiones, a causa de ulteriores descubrimientos y verificaciones que llegan hasta nuestros días.

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miércoles, 6 de marzo de 2013

Orígenes de la filosofía

La filosofía, que apareció en Grecia en el siglo VI a.C., fue sobre todo una revolución cultural al sustituir la indagación científica a las narraciones míticas.

Según Aristóteles, que elaboró esta reconstrucción, los "mitos" eran las narraciones que permitían al ser humano orientarse en el mundo natural y espiritual, como si éste estuviese regido por seres antropomórficos, es decir, dotados de intención y voluntad propia. Esta actitud científica consistirá en la convicción de que el cosmos está regido por leyes estables y cognoscibles, al menos en principio, para cualquiera que desee conocerlo racionalmente. ¿Qué significa "racionalmente"? La civilización griega, en la que se desarrollaron estas ideas, surgió del encuentro, y con frecuencia del choque, entre diversas culturas.

Individuos que no tenían nada en común unos con otros, ni siquiera una misma lengua, debieron darse cuenta, con el devenir de los encuentros y el progreso en los asuntos económicos y culturales, de cómo pese a todas estas diferencias tenían algo en común. Podían estar en desacuerdo, por ejemplo, sobre cuál era la divinidad propicia antes de emprender un largo viaje, pero sus embarcaciones respetaban ciertas formas para hacerlas más aptas para la navegación. Ahora bien, precisamente esta necesaria universalidad de las "formas", según la cual determinadas ideas funcionaban y otras no, podemos decir que es el modelo de la racionalidad, en contraposición a la pluralidad indiferente de las creencias religiosas y de las explicaciones míticas. Así, el estudio sobre qué son y cómo funcionan estas "formas" universales y por qué los seres humanos deben obedecerlas para tener éxito en el intento de dominar el mundo natural, tomó el nombre entre los antiguos de amor (filo-) al saber (-sofia).

Está claro que la filosofía no fue ni la primera ni la más importante de las ciencias griegas. Basta con pensar en los progresos de la agricultura, la geografía y la arquitectura, o incluso en inventos y técnicas abstractas como la escritura y la contabilidad comercial, para darse cuenta de por qué llegó a ser la última. Otra característica la distingue de sus hermanas y le ha dado fama: si todas las disciplinas particulares estudiaban las "formas" de los objetos que les interesaban, la filosofía, por contra, buscaba descubrir cuáles eran las "formas" en general, no una determinada particularidad técnica, sino la esencia de todas las técnicas. Si los médicos, por ejemplo, se preocupaban por saber cuál era el remedio adecuado para la fiebre, los filósofos buscaban conocer el secreto de la vida misma, de la enfermedad y de la muerte. La filosofía fue casi al mismo tiempo la más improductiva de las ciencias, si se juzga por la utilidad de sus descubrimientos, pero también la más importante de todas ya que empezó a revelar al ser humano la esencia de las cosas. El artesano o el marinero, aunque hubieran tenido tiempo de estudiarlas, no podían confiar en sus teorías, pero el terrateniente y el hijo de las familias nobles encontraron un gran interés en la especulación filosófica. Debía parecerles que podían dominar el universo si conocían sus leyes, y que podían liberarse de una vez por todas del miedo que nace de la ignorancia y de la fatigosa lucha por arrancar a la naturaleza los bienes y las riquezas. Por este motivo llamaron "filosofía" a todo lo que no era ni se refería a un trabajo práctico. La aritmética y la medicina eran "filosofía" y también la física, la ética y las leyes del estado. En fin, los filósofos distinguieron en el ser humano la capacidad "hacer" de la facultad de "pensar", y en su escala de valores colocaron a la segunda en un lugar más elevado. No es una casualidad que la filosofía se centrase en un primer momento en la relación entre hacer ("ser" y "devenir" en la terminología específica) y pensar ("conocimiento"). El mundo natural y la inteligencia humana fueron sus primeros temas de estudio ya que descubrir la "forma" -así debieron de razonar los antiguos- significaría en cierta medida erigirse en dueños y señores, dejar de ser atemorizados adoradores de extrañas y caprichosas divinidades para convertirse en seres adultos que conocen la causa de los fenómenos y saben cómo defenderse de ellos o incluso utilizarlos. Frente a semejante ataque racional, el mito, el relato fantástico, la poesía, debieron retroceder.

¿Para qué imaginarse que Cronos era un dios airado que devoraba a sus hijos tratando de evitar que pudiesen destronarlo si los filósofos empezaban a dominar el tiempo con otros instrumentos conceptuales? ¿Para qué enseñar a los niños la leyenda de la serpiente Ofión, de cuyos dientes surgieron los primeros seres humanos, si los filósofos podían ofrecer una explicación racional de la vida y de la muerte? De este modo, el poder científico sustituyó a la imaginación religiosa, el discurso racional al mito. Sin embargo, este último no desapareció del todo, ya que tras la nueva apariencia racional y filosófica se mantuvo vivo el fuego del mito, el cual se convirtió en receptáculo de todo lo que no tenía explicación, o sea de lo irracional.

La filosofía, que creía haber vencido de una vez por todas a su adversario, descubre que éste es como una sombra que siempre lo acompaña, una especie de negativo de la luz que ella proyecta sobre la existencia de las cosas. Podría decirse que desde entonces la historia de la filosofía no será más que un esfuerzo, renovado una y otra vez, por eliminar de sí lo irracional, extendiendo los confines del saber hasta no dejar nada fuera o modificando el concepto mismo de racionalidad de tal modo que no incluya lo irracional. De hecho, la lucha todavía continúa.

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