miércoles, 16 de octubre de 2013

Filosofía de la política

Según una célebre definición de Aristóteles, los hombres se distinguen de los animales por el hecho de vivir en sociedad organizada, de ser animales políticos. Es evidente, pues, que al escribir -como se hará seguidamente- que Nicolás Maquiavelo y Thomas Hobbes inventaron la política, no se pretende afirmar que fueran los primero en reconocer su existencia, sino más bien que su concepción de la esencia de la política fue decididamente revolucionaria.

Filosofia politica
Parte del frontispicio de una edición del Leviatán del filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679). La obra se publicó en Londres en 1651, después de que la revolución inglesa hubiese obligado al autor a exiliarse en París.

- Nicolás Maquiavelo


Nicolás Maquiavelo (1469-1527) fue el gran teórico de la autonomía de la política. Procedía de una familia ilustre, que le procuró una formación humanística.

En 1498 entró al servicio de la república florentina como secretario de la cancillería, cargo que ocupó hasta 1512, y para el que realizó varias misiones en Italia y otros países europeos. La caída de la república y la restauración de la señoría de los Médicis marcaron su alejamiento de la vida política y fue precisamente en sus años de aislamiento forzado, impuesto por el destierro, cuando Maquiavelo concibió y redactó sus obras principales. La experiencia directa maquiaveliana puso en marcha una reflexión teórica de premisas muy lúcidas.

Para el secretario florentino las construcciones de los filósofos, desde La República de Platón hasta las utopías renacentistas, independientemente de ser verdaderas o falsas, no tienen presente la realidad. En lugar de perderse en la idea de un reino perfecto, se tendría que partir de que la política es el lugar donde los hombres persiguen sus propios intereses, traicionan y mienten, se imponen por la fuerza y no por la virtud del razonamiento, son, resumiendo, con frecuencia malos y egoístas, y no aquel ser naturalmente orientado al bien que se imaginan los filósofos. Quien tiene el poder político no debe limitarse al análisis de los fines últimos de sus acciones, sino que debe considerar también los medios necesarios para alcanzarlos. Estos medios, a su vez, no proceden de consideraciones abstractas sobre la bondad de la naturaleza humana: es posible -más bien probable- que si el político no quiere fallar deba emplear incluso medios inmorales.

La moral no es una ciencia política y el político debe tenerla en cuenta sólo en la medida en que no obstaculice su camino. Sería hermoso, escribe Maquiavelo en su obra maestra El príncipe (1513), que el éxito sonriera sólo a los buenos, pero no es así. Porque la bondad no es una característica de las relaciones sociales, y el poder se adquiere o se pierde con el ejercicio de la inteligencia política, no con los méritos espirituales.

Esta concepción de la acción política tan libre de prejuicios se refería particularmente a quien tenía la responsabilidad de gestionar los intereses públicos, y se basaba en una lógica férrea que aislaba en su ineluctabilidad las constantes del comportamiento político, dotado de un código moral propio lejano de todo escrúpulo ético individual. Sólo así el príncipe doblegará la fortuna a su voluntad. El español Francisco Suárez en su tratado De legibus ac Deo legislatore (1612) ve como tirano a aquel príncipe que abusa de su poder y hace peligrar el bien común del pueblo. Es entonces cuando la autoridad común del pueblo puede deponerlo e incluso darle muerte.

En el mundo humano escribía Francisco Guicciardini, no existen valores universales como el bien y lo justo, sólo fines particulares, por lo que cada uno persigue su bien y su justicia.

- Thomas Hobbes


Más de un siglo separa el nacimiento de Maquiavelo del de Thomas Hobbes (1588-1679), quien estudió en la Universidad de Oxford y, tras conseguir en 1608 el bachillerato en artes, se convirtió en preceptor de la familia Cavendish. Hobbes efectuó frecuentes y largos viajes a Francia e Italia, y en París entró en contacto con los círculos culturales frecuentando a Descartes y Gassendi.

Huyó de Inglaterra en 1641 al afirmarse la revolución antimonárquica y se refugió en París, donde permaneció hasta la restauración de la monarquía.

Mientras Maquiavelo vivió el nacimiento y la decadencia de las repúblicas italianas, Hobbes fue el preceptor de una Inglaterra en espléndido y feroz desarrollo. El secretario florentino observó una realidad política en rápida evolución, Hobbes tuvo frente a sí un gran Estado bajo el orden del naciente capitalismo inglés. En resumen, si Maquiavelo buscó el orden posible, Hobbes describió el actual. Así, incluso el punto de vista de partida es totalmente distinto; Hobbes no se ocupó de la deudas morales, sino de la existencia del estado moderno, ese gran monstruo -Leviatán (1651), mítico monstruo de la tradición judaica, se titula la más célebre obra del filósofo inglés- que devora los derechos de los seres humanos.

Filosóficamente, Hobbes fue un materialista: sólo existen dos cosas, los cuerpos y el movimiento, y todo el conocimiento no es más que experiencia organizada. Del movimiento y de los cuerpos proceden las sensaciones y, cuando desaparecen, queda en la memoria una suerte de imagen (fantasma lo llama Hobbes) a la que por convención damos un nombre, un signo que sirva para distinguirla. En la memoria, estos nombres se combinan según las reglas de la lógica que no son una cualidad de la realidad, sino un instrumento humano convencional. El conocimiento humano convencional. El conocimiento es una operación arbitraria y no la descripción de esencias; es, en términos filosóficos, empírico (del griego empeira que significa "experiencia"), almacén de técnicas indiferentes a la verdad última de las teorías científicas, con tal de que funcionan. Este empirismo vale también para el cuerpo artificial constituido por el mundo político. El filósofo no se pregunta si las relaciones sociales que describe son verdaderas o falsas, históricas o eternas, justas o crueles, simplemente las observa y las traduce en término de ideas, causas y efectos.

Por naturaleza, según Hobbes, todo hombre es egoísta y cruel, por ello existe un estado de guerra permanente en el que cada uno tiene derecho a hacer lo que quiere sin límite alguno, pero también sin ninguna protección. Por esta motivo los seres humanos renuncian a la libertad absoluta de la que gozarían en su estado natural y buscan un mínimo de seguridad y paz. Los individuos particulares estipulan un contrato en el que cada uno renuncia voluntariamente al derecho de hacer lo que le venga en gana, a cambio de la seguridad. Nace así un nuevo organismo que posee todos los derechos que antes del contrato social correspondían a cada individuo particular: este nuevo organismo es el Estado. A él le corresponde decidir lo que es lícito, promulgar y hacer respetar las leyes y garantizar la paz.

El Estado ejerce el poder absoluto. Sobre la base de esta constatación Hobbes escribió que el Estado es como el mítico monstruo Leviatán, porque una vez que los hombres han renunciado a sus derechos naturales y los han cedido al Estado, el contrato ya no puede ser roto, y el Estado se convierte en el poseedor de todos los derechos y de toda autoridad, poderes que ejerce con total libertad.

Es fácil ver en el Leviatán de Hobbes la personificación del reino de Inglaterra. Del mismo modo que es fácil constatar que la igualdad de todos frente al Estado es también un modo de ocultar las desigualdades. Para concluir, es preciso decir que el Leviatán de Hobbes muestra su peor rostro a los más débiles, que necesitan ver protegidos sus derechos; los derechos de los fuertes son garantizados por las leyes de la economía. Es asimismo cierto que la reflexión de Hobbes supera la contingencia del potente capitalismo inglés para fijar con claridad el problema de la relación entre política y moral, entre derecho de los particulares y condiciones sociales necesarias para ejercerlo.

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