martes, 1 de octubre de 2013

Las utopías renacentistas

Para la mente humana, el conocimiento y la felicidad, las ideas, los deseos y los sueños son tan importantes como los datos comprobados. Con la imaginación el hombre no sólo puede hacer proyectos, sino también confrontar la experiencia con la razón, entender si lo que existe merece ser tal como es o si es mejor cambiarlo. El conocimiento, además de ser una descripción de lo existente, es un preludio para adecuar el mundo a las propias exigencias.

Tomas More

La cultura misma ha sido hecha, no existe en la naturaleza ni es una simple descripción. ¿Puede acaso estar la verdad enteramente en el mundo que se presenta ante nuestros sentidos? O, ¿será cierto que algunas verdades deben construirse, en el sentido en que decimos, por ejemplo, que se construye una amistad, un amor o una obra de arte? Las utopías del Renacimiento y del humanismo son un ejemplo de semejantes construcciones. La palabra utopía procede del griego ou tópos y significa literalmente "en ningún lugar". Las utopías son descripciones de sociedades perfectas que no existen en ninguna parte, pero que sería racional -es decir, útil, bueno y justo, según sus autores- que existieran o que, por lo menos, la sociedad se esforzara en realizarlas. Constituyen ideales de perfección que sirven como parámetros para juzgar lo existente y para guiar el comportamiento humano. A menudo son ciudades fruto de partos literarios, sin lugar ni tiempo, exactamente utopías.

La primera gran descripción renacentista de sociedad perfecta se debe al filósofo inglés Tomás More (1478-1535), primero en emplear el nombre de Utopía (1516) para su obra filosófica. Desafortunado consejero del rey Enrique VIII (que lo condenó a muerte por no adherirse al cisma anglicano), el humanista inglés imagina que la tierra perfecta es una isla sin odio ni injusticias. En esa isla no debe existir ni propiedad privada, por ser el origen de la miseria y la explotación, ni dinero. La economía se organizaría por pequeños grupos, y cada uno debería contribuir libremente en la riqueza, tomando, también libremente, sólo aquello que necesitara. Las leyes deberían ser pocas y claras y máxima la tolerancia en materia religiosa y de creencias, con la única excepción de los ateos que, según More, al no respetar a Dios no serían capaces de respetar tampoco a los hombres. Así, bajo el reinado de la razón y la naturaleza, el hombre encontraría la felicidad.

Igualmente interesante, y en cierto sentido más atrevida, fue la construcción de Tommaso Campanella (1568-1639). El filósofo calabrés elaboró una visión de clara inspiración platónica vinculada a la observación directa de la naturaleza. Según el fraile dominico, no existe en todo el universo un ser vivo que no esté dotado de un alma sensible, que no se ame a sí mismo y no luche por conservar su vida. A través de los sentidos el alma recibe la impresión de los objetos (en términos filósoficos, es "afectada" por ellos), toma conciencia de dichos objetos ("sabe que siente"), y puede partir de esta certeza para adentrarse en la vía del conocimiento. Como su maestro, Bernardino Telesio (1509-1588), autor de una obra con el significado título de La naturaleza según sus propios principios, Campanella cree que no existe una diferencia sustancial entre los seres, sino sólo de grado, una escala de "más" o "menos", a lo largo de la cual se ordena toda la naturaleza. En la cima de la escala se halla la suma potencia, sabiduría y bondad de Dios que ha dado la vida y la capacidad de autoconservarse a todos sus criaturas. Pero se trata de una presencia que no modifica la continuidad -desde la piedra hasta el alma humana- de la naturaleza, que es estudiada (según sus propios principios) sin recurrir a fuerzas misteriosas de ningún tipo.

La ciudad del Sol (1602) es la obra que Campanella describió su utopía. Profundamente comprometido en el movimiento de renovación espiritual y material del momento (organizó una conjura contra el gobierno español en Calabria, que, al frustrarse, llevó a su jefe a prisión). La sociedad ideal de los solares (así llamados los seguidores de Campanella) se funda en la religiosidad primitiva del cristianismo: sin dogmas, ritos ni preceptos, y, en cambio, un fuerte sentido de la comunidad, pobreza y fe en la existencia de Dios y en la inmortalidad del alma. Como elemento esencial de la renovación, la educación recibe un lugar privilegiado en La ciudad del Sol; la instrucción debe ser abierta y gratuita, y no debe basarse tanto en libros para aprender de memoria, como en la contemplación de la armonía natural y en el trabajo cooperativo.

El elemento más característico, como por otra parte en casi todas las utopías renacentistas, es la expectativa de una renovación total de la sociedad (en términos filosóficos, palingenesia), que en la sencillez de las comunidades rurales se configura como "comunismo primitivo".

Y éste es el nombre que toman los movimientos populares que surgen ininterrumpidamente en la historia de la humanidad con la fe en una renovación que se basa en la comunidad de bienes. Se trata de "comunismo" en sentido muy amplio. Más que una teoría social basada en el análisis de las desigualdades, son a menudo la desesperación y la evidencia de las injusticias las que mueven estas aspiraciones, que encuentran después inesperados defensores en los que la esperanza de justicia se une a la expectativa de una renovación en sentido espiritual de la fe cristiana y de la jerarquía eclesiástica. Éste fue quizá el caso de La ciudad del Sol de Tommaso Campanella.

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